De la industria de la carne y los lácteos, a la insalubre ganadería masiva y tortura de las vacas lecheras.

Se ha escrito y propagado mucho que la carne, en general, es una fuente de proteína de alta calidad, ya que presenta todos los aminoácidos esenciales (necesarios y que no pueden fabricarse dentro de nuestro organismo sin ingerirlos externamente). Esto es indudablemente cierto, si tenemos presente también que según el tipo, contiene elevados índices de grasas saturadas, que aumentan nuestro colesterol y triglicéridos en sangre, y que para muchas personas les hace entrar en ese grupo de riesgo para contraer enfermedades cardiovasculares. Pero bueno, hasta aquí todo es un asunto de tratar de controlar la ingesta de las partes que nos aportan más grasas y escoger preferentemente las especies avícolas, en detrimento de las carnes rojas, por su bajo contenido, en el caso de las primeras, en este tipo de grasas.

No obstante, como ya viene siendo un tópico, cuando la mano del hombre interviene en el proceso productivo, la cosa cambia (¡aquí ya no hay animal que se salve!). Y es que por mucho que nos quieran inculcar religiosamente, por ejemplo, la imagen de esos animales felices y en libertad, campando a sus anchas por las praderas del Pirineo, la realidad es bien distinta. El gran consumo de carne, de leche y de sus derivados, por parte de las sociedades desarrolladas ha llevado a la superproducción, y para abastecer esta cadena alimentaria lo que se está dando es lo que se denomina «ganadería masiva», en la que, por ejemplo, perfectamente pueden haber 400 cabezas de ganado, hacinadas en espacios tremendamente reducidos, lo cual dificulta la salubridad de los animales, siendo frecuentes las infecciones, por no comentar las penosas condiciones en las que estos animales tienen que vivir. Por lo tanto, en estas circunstancias, es bastante usual el tratamiento con antibióticos y hormonas del crecimiento para sanarlos y presentar una mejor apariencia, quedando estos compuestos remanentes en sus tejidos. Luego, al ser su carne ingerida por los humanos, obviamente los efectos no deseados pueden aparecer de un momento a otro: resistencia a antibióticos, desarrollos anormales, alergias e incluso tumores.

De especial importancia es comentar como estas reses son alimentadas. Por su puesto, hay que sacar el máximo rendimiento industrial, con lo que los piensos se abaratan considerablemente produciéndolos a gran escala y a partir de grano transgénico. De nuevo, los efectos nocivos para los humanos que consumen estas carnes son los ya detallados en el apartado de más arriba, cuando hablábamos de los OMG» s.

Y para acabar con este apartado, nos queda abordar el drama de las vacas lecheras. No se me ocurre otra palabra para definir lo que estos animales sufren: es simplemente aberrante. En primer lugar, no hay mamífero que dé leche si no está en estado de gestación, así que estos animales son fecundados continuamente de manera sistemática y casi automatizada. Por si fuera esto poco, el desdichado animal, permanece en un espacio muy limitado, prácticamente insuficiente para moverse, junto con otros cientos de infames enchufados a una máquina que les extrae la leche hasta la extenuación. Ante una demanda tan extremada, y en las condiciones que se ésta produce, los animales presentan de nuevo infecciones y nuestra «preciada leche de los desayunos» acaba siendo una mezcla de pus, sangre, antibióticos, químicos y hormonas. Por supuesto, los terneros no pueden hacer uso «legítimo» de la leche de su madre; por lo que los separan de ellas al poco de nacer. Podemos imaginar lo desgarrador de la escena (me voy a ahorrar de colgar unos escalofriantes vídeos de youtube, muy gráficos al respecto, porque quiero que sigáis aquí conmigo, pero si ya habéis hecho la digestión podéis «googlear» un poco, que fácilmente los encontraréis).

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¿Y todo esto para qué? ¿Es realmente la leche de vaca un alimento tan nutritivo que no podemos pasar sin él?

Si nos ponemos a indagar un poco, somos el único mamífero que bebe leche de otro animal; esto, así, a primeras, ya nos debe parecer, como mínimo, algo sorprendente e ilógico, ¿no?

En esta página se comentan hasta 30 razones para no consumirla (vale la pena, cuanto menos, echarle una lectura en diagonal). Por nombrar uno de estos motivos, diferentes estudios demuestran que a partir de los dos años de vida, los humanos no están preparados a nivel digestivo, para asimilar la lactosa (el azúcar presente en la leche de vaca). Por consiguiente, ésta queda depositada residualmente en nuestros intestinos, deteriorando la función inmunológica de la flora intestinal, provocando alergias, asma e, incluso, se ha relacionado con la aparición de tumores. De hecho, una de las primeras acciones que acomete un alergólogo ante un proceso alérgico en un paciente es eliminar de la dieta la leche y derivados, ¿por qué será? ¿tanto sufrimiento y maltrato animal para esto? Pero nada, las empresas del sector siguen con su bombardeo, de si rica en calcio por aquí, que si suplementos de omega3 por allá, que si «sin lactosa». El mito del calcio existe, y también el de la gran cantidad de grasas que lleva el líquido en cuestión. Ojo que con la ingestión de grasas y proteínas acidificamos la sangre, lo que hace nuestro cuerpo es intentar equilibrar su ph con sales básicas; es decir, muy frecuentemente sacando el calcio de nuestros huesos»¦ todo un contrasentido que se rebela contra nuestro objetivo: el acopio de calcio en nuestro organismo para hacer gala de esos preciados huesos de acero.

Merece la pena poner un poco de orden en este desbarajuste. Lo importante en cuanto al calcio, como con cualquier otro mineral, es la asimilación llevada a cabo por nuestro organismo, no la ingesta, y para que esta asimilación sea posible, se requiere obviamente el susodicho mineral y un poquito de sol (Vitamina D). El Calcio puede ser adquirido alternativamente a través del consumo de frutos secos, legumbres, vegetales de hoja verde, germinados, algas, etc., y luego tan sólo nos queda salir a la calle y que nuestro astro amigo nos dé un poco de cariño. No lo pongamos más difícil y no nos dejemos embaucar.