
Cualquier que sepa hacer dulce de leche en seguida descubrirá las contradicciones. La más obvia: que si no se revuelve la leche con azúcar, lo que pasa es que se quema todo y se pegotea cual costra, pero no sale dulce de leche. Además de que, por la cantidad de azúcar que requiere, no es factible pensar en un mate de leche dulce, a menos que el bebedor sea a prueba de empalagos. Y, encima, Rosas tomaba mate amargo. Por si esto fuera poco, existe una anécdota muy pero muy similar que da vueltas por Francia sobre su confiture de lait (mermelada de leche, que es lo mismo que nuestro dulce) en la que el accidente creador se sitúa durante las campañas napoleónicas y el que olvidó la leche con azúcar en el fuego fue un cocinero que se asustó durante una batalla y la dejó ahí hasta que se produjo el milagro.
Con solo investigar un poco se va descubriendo que existen menciones muy anteriores al Dulce de Leche, como la que figura en una carta que el santafesino Francisco Antonio de la Torre envió al porteño Juan José Anchorena en 1814, en la que se lo da como algo ya bien conocido y comercializado. El periodista Victor Ego Ducrot afirmó en 2003 que en realidad había llegado a Argentina desde Chile, y existen registros de la elaboración del manjar que datan de 1620. Ahora, antes de que los chilenos festejen y los argentinos se indignen, no, tampoco parece que hayan sido ellos. A la hora de buscar antecedentes, puede ser una buena idea posar la mirada en la lejana Rusia, donde es muy común el varyonaya sgushchyonka, literalmente «leche condensada hervida», que no es otra cosa que una versión más, pero mucho más lejana, del viejo y querido dulce de leche. Existen también registros rusos de antiguas recetas campesinas que no difieren mucho de la nuestra. Este dulce es también común en países de la ex «“ URSS como Uzbekistán, donde se lo usa comúnmente en pastelería y hasta se come un postre que no es otra cosa que banana con dulce de leche, con la sola diferencia de tener coco rallado además. Y resulta que Uzbekistán fue una vez parte del Imperio Persa, y también fue parte del antiguo imperio de Alejandro Magno. Un general de Alejandro Magno se encontró en la India con la caña de azúcar, y con preparaciones de leche hervida con azúcar, como están bien documentadas por el sistema médico Ayurveda, que se remonta a 5 mil años de antiguedad. La introducción del azúcar en los territorios controlados por Alejandro llevó a las reducciones de leche con azúcar que hacían los persas, pues esto permitía conservar las propiedades nutritivas de la leche por más tiempo. De allí se habría esparcido por Rusia, y también por los países árabes, que a su vez lo introdujeron en España, de donde pasó a Francia y a las colonias americanas. Así que no, no lo inventamos nosotros, ni los chilenos, ni los uruguayos, y mucho menos fue fruto de un descuido. Más bien es parte de la historia gastronómica de la humanidad, tan antiguo e ilustre que hace ver a las leyendas de la criada de Rosas o el cocinero de Napoleón como un mero chiquitaje que no está la altura de semejante delicia.